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EL MAR DE LOS DE TIERRA ADENTRO

KKKK

Siempre me ha llamado la atención la fijación que tenemos con el mar las personas que hemos nacido tierra adentro. En nuestro fuero interno soñamos con el día en que lo volvamos a ver, bien sea como destino, como lugar de paso, como meta, como camino o como brújula interna y externa.

Todos recordamos la primera vez que lo vimos: quizás el Mediterráneo, tan tranquilo, azul, caliente, infinito e inmutable, ajeno a todos. Con los niños a su lado, mojándose en ocasiones, construyendo en arena sus dibujos y riendo cuando el mar se las deglutía. Quizás otros mares u océanos más bravíos, como el Cantábrico o el Atlántico, que no permiten largas siestas en su orilla, sino que estimulan con su viento las caminatas, e inflan las velas de los barcos y la fuerza de las olas.

 A lo largo de la vida vas viendo otros mares y océanos, pero  la sensación constante es que es el mismo. Nuestro planeta y especie se nutre, se genera, se regenera y muere por el agua del mar.  Las mareas nos guían desde lejos, la luna nos señala la intimidad del mar con sus rayos. Nuestras vidas discurren a su compás, aunque estemos lejos. Nos influye siempre y aún a distancia, como la picadura del erizo marino que remueve el dolor en tu cuerpo con el cambio de mareas. Como las noticias de los barcos perdidos cuando ya ha pasado la tormenta. Como el olor salino que te sorprende al deshacer la maleta de tus vacaciones y la arena que cae de las playeras.

Nos parecen seres afortunados, esas personas que viven junto al mar, y que, por eso mismo, lo tienen por seguro y no le hacen mucho caso. Admiro con qué suave displicencia, con qué extraña fortuna, esos marconvivientes lo ignoran, sabiendo que, en cualquier momento, pueden tenerlo. Les veo comportarse como el niño que no quiere el dulce ofrecido porque en su casa los hay siempre. Como el amante que no aprovecha todas las horas del día para el encuentro, porque sabe que su pareja espera paciente.

 Admiro esa especie de sensación de propiedad sobe el mar que tienen las almas litorales. 

A los de dentro, cuando vamos al mar, siempre pocos días, siempre menos de lo deseado, no  nos importan el tiempo ni las condiciones. Paseamos a su lado todos los días, a estar cerca de él, a olerle, a soñarle. Esa sensación de lo escaso, de lo que se escabulle, de lo que nunca se tiene suficiente. Tenemos prisa por disfrutarlo en nuestras fechas limitadas. A nosotros el mar nos quita las penas. Cuando lo miramos, no solamente vemos sus olas, a veces suaves y otras broncas, su ritmo y música. No sólo olemos su perfume lleno de azul, sino que lo reconocemos en nuestro cuerpo, en nuestros latidos -que tienen su mismo espacio y notas-, en la sensación intima de paz y serenidad que nos inunda. Los pensamientos se acallan y se agranda el corazón.

 Como si, de forma inesperada, encontráramos  el principio y fin del lugar del que venimos y al que queremos volver. 

Tú que me lees, seguro que volverás pronto al mar, ¿verdad?

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