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EL MIEDO ORDENADO

En esta situación que arrastramos desde hace más de un año-y cuya importancia, letalidad y emergencia no es necesario recordar-, las personas mayores hemos sufrido de una forma ferozmente sesgada. No sólo porque la pandemia se haya cebado en nosotros, y haya puesto en evidencia la escasez, inoperancia y debilidad de los medios residenciales, sociales, sanitarios y políticos dedicados a ellos, sino también porque ha agravado los problemas latentes con los que nuestra edad ya estaba luchando antes.

Así ha ocurrido, por citar alguno de ellos, con la salud y la soledad.

 Nuestra salud, ya se ha visto, importa menos que la de otras generaciones en activo. Se ha relegado de mil formas, cruentas y mortales, a los mayores enfermos de Covid, la posibilidad de ser atendidos por nuestros familiares y entorno.

También cabe señalar que la soledad, ya de por si un mal endémico y extendido en la vejez de todas las sociedades desarrolladas -y la nuestra no es excepción-, se enseñorea de las habitaciones, pasillos y casas donde nuestros mayores esperan, en silencio y con paciencia, la inmunidad de la vacuna.

Pero queremos hacer una llamada especial a una consecuencia de esta pandemia en las personas de edad. Ha creado una sensación de impotencia, de resignación, de fatalidad aceptada, que reduce al mayor a la espera, a la latente inactividad, al miedo ordenado. Nos encontramos que los mayores estamos, más que nunca, callados, atemorizados por haber sido ninguneados y diezmados. Asustados porque no somos los dueños, no ya de nuestro destino, sino de nuestra salud. Asombrados de que se decidan cuestiones importantes -vacunas, tratamientos, normativas residenciales y de movilidad, aislamientos, y otros aún más graves como la eutanasia- sobre nosotros, pero sin tenernos en cuenta. Nunca una sociedad dictó tantas normativas sobre los mayores con total desprecio de la opinión de éstos. Mayores que, en su mayor parte, poseemos una trayectoria personal de esfuerzo, formación y coherencia muy superior a la de aquellos que dictan las normas que nos afectan.

 Las generaciones de mayores -ya tercera, cuarta y dentro de pronto, quinta edad-, han sido siempre una explosión de actividad y laboriosidad, de responsabilidad social y de participación en su destino -fuera en la posguerra, en la transición o en la prometedora y pujante democracia que tenemos-. Desde el pluriempleo inicial hasta el cuidado de hijos y nietos en la crisis del 2008, pasando por la radical entrega a la labor de sacar nuestro país adelante, unidos en el esfuerzo por encima de las ideologías, no hemos dejado nunca de ser directores y protagonistas de nuestra vida y la de la sociedad en que nos integrábamos y a la que dábamos sentido.

Es el momento para que este miedo ordenado se cambie por un protagonismo activo, completo y total en las decisiones que nos afectan directamente. No podemos seguir aceptando lo que otros deciden por nosotros, volvamos a ser los protagonistas ordenados de nuestro  futuro.

DLM  

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