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VOLVER A CONFIAR EN NOSOTROS (Salir del ERE emocional)

Como si hubiera pasado un vendaval por nuestras vidas.

Como si lo que hemos construido: familia, sociedad, carreras, trabajos, estabilidad, economía… fuera de papel.

Como si nada hubieran sido los días y las noches necesarios para sacar un negocio adelante, una carrera, unos hijos, pagar una hipoteca, aprender a conducir, construir una confianza, un futuro.

Así ha sido este año 2020-2021. Las crisis que conocíamos -económicas y financieras, de guerras y fronteras, de enfrentamientos políticos y religiosos-, han sido sepultadas por una realidad aún más temible. Una pandemia, una enfermedad que no conoce fronteras, ideas ni razas. Que ha causado millones de muertos.

Esa es la sensación interiorizada. Desaliento, desconfianza, falta de ilusión, lucha de mera supervivencia.

Cuesta reconocerlo, posiblemente hayamos perdido, en una de estas olas del maremoto, nuestra capacidad de sobreponernos. Nos limitamos a contar los muertos, a señalar estadísticas para los cierres de hostelería o de perímetros autonómicos o nacionales. A decir si las UCIs aguantarán o no. Cuanto más hablamos de números -a los que se están incorporando los números de vacunaciones-, menos hablamos de los seres humanos. Pareciera, que menos nos importan.

O quizás es una estrategia personal o social o mediática, para no enfrentarnos a la realidad implacable que nos rodea. Como una suerte de ERE emocional, que algún día deberá acabar, pero que intentamos prolongar para evitar enfrentarnos a la realidad.

¿Por qué no cambiar nuestra forma de ver la realidad?

Tenemos a nuestro favor muchas cosas, y no me refiero sólo a éxitos tangibles como las vacunas, los tratamientos y la cada vez más organizada lucha contra esta desconocida amenaza, sino a nuestra capacidad natural e innata de creatividad, de superación, de lucha por la vida propia y la de los que nos rodean.

Confiemos en nosotros mismos, aunque estemos surfeando una mala ola. Volvamos a luchar por los nuestros, a tomar nuestras propias decisiones, a decidir qué noticias filtrar, a tratar a los números como realidades pasajeras que no nos conforman; a adaptarnos y valorar cada momento. A considerar lo imponente de nuestra fortaleza, que nos ha hecho sobrevivir a siglos de guerras, pestes y tragedias, y nos ha permitido construir maravillosas civilizaciones, orquestar logros increíbles, superar las cotas más altas de ayuda humanitaria.

Muy por encima de esa sensación de fatalidad, de ser dirigidos y estigmatizados por la pandemia, los canales de televisión y las noticias escritas, se yergue poderosa nuestra fortaleza, nuestra libertad de acción y creación, nuestro amor por todo lo que nos rodea.

Hemos llorado por las personas que no están, por el destrozo general, pero también somos capaces de la mayor sensibilidad, de llorar por la nueva primavera que hemos podido oler y disfrutar con los nuestros. Por cada vez que hemos llegado a casa con miedo pero salvos, por cada vez que hemos visto por videoconferencia o que hemos abrazado a nuestros seres queridos. Por cada canción, ventana, mensaje y experiencia que nos ha llenado de esperanza.

Estamos vivos y vamos a luchar. Ésa es nuestra obligación para nosotros mismos, los que nos rodean y los que vendrán.

Volver a confiar en nosotros mismos.

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